25 abr. 2012

Humano


Humano


Sodoma, 5 años antes.

En mi mente sólo estaba el rostro de aquél demonio.
Tenía que finalizar mi entrenamiento como sacerdote de alguna forma, convertirme en exorcista era mi meta final y gracias a ese demonio las cosas se harían sumamente sencillas. De tan sólo pensar en poseer ese demonio y hacerlo parte de mi Mitra Preciosa, me hacía sonreír inevitablemente.

―Pon atención, Eden.

El filo de una espada rozó mi mejilla con astucia, sentí el ardor de la cortada  unos segundos después. No era muy paciente que digamos, y el dolor mínimo vaya que sí me hizo molestar.

―No deberías haber atacado mientras pensaba, Juan… A demás, se supone que en este momento deberías estar en tu funeral―torcí una sonrisa.

El interpelado me devolvió una mirada de autosuficiencia. Ya había dejado de verse viejo y pálido, ahora sólo unas pequeñas manchas se perdían en su frente y en sus ojos unas arrugas mínimas tardaban en desaparecer.

―Cuando asciendas no tendrás tiempo para pensar, Eden. ―alzó la espada (su bastón) nuevamente mientras hablaba, y en su se extendía una sonrisa complaciente― Y, ya estoy harto de ver esa marioneta ser cargada por  todos lados…me da escalofríos.

―Huiste…―suspiré.

―De mi muerte― asintió con voz neutra― Pero nunca de mi servicio, 27 años, Eden. Sin contar la Preparación Inicial, preparando tu terreno.

Puse los ojos en blanco.

―No quiero ascender aún. ―refunfuñé levantándome y limpiándome la sangre que goteaba de mi mejilla― Aún tengo cosas que hacer.

― ¡¿Cómo cuales, Eden?! ¡¿Acostarte con mujeres y dejar que Benedicto ocupe tu lugar?! ― era gracioso ver como Su Solemnidad perdía la paciencia.

Me eché a reír y saqué mi espada.

―Benedicto, ¿eh? Ya le han escogido nombre…―me abalancé sobre él con la espada sujeta firmemente en un costado― ¡Qué rápido se difunden los chismes!

El sonido de nuestras espadas al chocar fue chirriante, cada uno de los vellos de mi cuerpo se erizó. Incluso mis músculos protestaron ante la fuerza inminente que aquél hombre poseía. No había cambiado en nada a pesar de todo este tiempo. Salté hacia atrás, manteniendo mi espada en alto, a pesar del temblor de mi mano.

―Veo que sigues tan fuerte como siempre, Józef. No  has cambiado nada a pesar de tus  injurias ¿Cuántos disparos fueron? ¿Dos? ¿Tres?

―Uno…―murmuró al tiempo que alzaba levemente la espada, y desapareció de mi vista. Cerré los ojos y choqué su espada con la suya, que emitió un sonido sordo― Sin contar el explosivo, la bayoneta…

Su espada y la mía seguían en contacto. Él no parecía hacer esfuerzo alguno, sin embargo yo empleaba toda la fuerza que podía en mantener su delgada espada lejos de mi cuerpo, quien recordaba cada rasguño y se estremecía ante los pertinentes métodos de curación.

―Y los 63 demonios…―agregué con suspicacia.

Exhaló una sonrisa.

―Así que es eso, Eden. ― rió. Giró la muñeca rápidamente, haciendo que mi espada resbalara sobre la suya y se quedara clavada en el suelo mientras la suya se dirigía a mi cuello con rapidez― No lo has olvidado…lo entiendo…

Las gotas de sudor resbalaban por mi frente, sólo había sido un instante. Sólo habían sido pocos movimientos, pero ya había cortado demasiadas veces y lo había hecho tan rápido que mi mente no procesaba el dolor con rapidez.

― ¿Sigues con las recaídas una vez al año? ― agregó con burla. Mantuve una postura rígida, Józef frunció el ceño― Pararán cuando asciendas, lo sabes.

―Pero eso no es suficiente. ―rugí, molesto. ― Esto lo prueba. ― le di un vistazo a la espada en  mi garganta.

―Sigues en pie, en medio de una recaída. Eso para mí me parece suficiente.

Puse los ojos en blanco.

―Quiero ganarme mi Mitra. ―balbuceé.

Puso los ojos como platos, bajó la espada y me sujetó el cuello.

― ¡ESTO NO ES UN JUEGO, EDEN! ―gritó― ¡NO LO VEAS COMO UNA COMPETENCIA!  ¡ES UNA FUNCIÓN QUE TIENES QUE DESEMPEÑAR!

―Pero en el máximo de mis capacidades, ¿O me equivoco?

―La avaricia te destruirá, Enoxeth.
Me reí.

―La avaricia nos ha traído aquí, Wojtyla. No olvides eso.

―Pues úsala como es debido, Eden. Tú deberías estar portar el Anillo del Pescador, no Ratzinger. ―me soltó bruscamente contra la columna de granito que tenía a mi s espaldas (está bien, lo admito, hasta que no sentí el dolor, no supe que estaba allí.

―Debería estar haciendo muchas cosas en este momento…―murmuré sonriente― Dejar de estar perdiendo el tiempo contigo es una de ellas…

Su Excelencia entornó los ojos.

―Es una mujer. ―afirmó.

Asentí suspirando de dicha malévola.

―En efecto, mi amigo, es una mujer.





Gomorra, Hoy.

Abrí los ojos de golpe en cuanto escuché el grito sofocado de Lucy.

La puerta se había abierto de par en par y un hombre ataviado de ropajes negros se abrió paso en la habitación.

― ¡Vamos! ¡No hay tiempo! ― exhaló con su voz de trueno. La reconocí al instante.

Rodeé a Lucifer con un brazo y la refugié  en mi  pecho. Ella se dejó llevar sin musitar palabra alguna, estaba aterrada.  Cogí todo lo que pude con la otra mano y salí disparado hacia el todoterreno.

― ¿Quién es él? ―farfulló Lucifer minutos  después de que arrancara. ― Nos está siguiendo…

―Es la idea…―sonreí mientras miraba por el retrovisor. Sus ojos azules eran reflejados por  el sol que incidía sobre el jeep que conducía― ¿No recuerdas a  Wojtyla?


― ¿Quién?

―El antiguo Papa, amor, Juan Pablo II. 

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