9 ene. 2012

Doppelgänger: Segunda Parte


Segunda Parte


Mikaela no era ella misma.

Su mirada era oscura a pesar de la sonrisa extendida en sus facciones. Ese día me acerqué a ella, como siempre, recibiéndola con alegría y ánimo. No sabría decir si me correspondió o no, ya que no podía identificar su estado de ánimo. Intenté hablar con ella un momento, pero no respondía coherentemente.

Parecía contenta y relajada, totalmente sumergida en un mundo diferente. Tenía un ánimo tan ligero, que dudé de lo que me habían contado de ella el día anterior. Su alegría aparente duró una semana, lo mismo que tardó “El Idiota” en faltar a clases, a nadie le había sorprendido que este personaje faltara unos cuantos días, de hecho, sólo una semana era un lapso demasiado corto de tiempo…

Por lo que a todos nos afectó la noticia de su muerte.

“El Idiota” cuyo nombre no pretendo revelar (por ahora) había permanecido en casa una semana, ya que alguien lo había estado acosando constantemente, decía que unos ojos lo observaban y que una voz lo llamaba cada noche, pero sus padres lo atribuían a su elevada temperatura. Incluso lo llevaron al médico, pero no encontraron nada raro en él, no obstante, seguía gritándole a la nada y asustándose con su propia sombra cada vez más. Trataron de llevarlo a casa, para que se mantuviera en la tranquilidad de su propio ambiente, pero no funcionaba, sus padres decidieron hospitalizarlo tras encontrarlo en el baño reduciendo su cámara digital a cenizas y rogando perdón. Sólo tardó un día más en el hospital hasta que se suicidó golpeando su cabeza una y otra vez contra el espejo del baño.

Recuerdo el rostro de Mikaela en ese instante. Parecía que había vuelto en sí y estaba aterrorizada, tenía los ojos como platos y sus manos temblaron con levedad. Nos sentábamos muy cerca en el salón, por lo que pude extender mi mano a su hombro, me dedicó una sonrisa completamente vacía.
El director nos dio el día libre a todos. No era capaz de dar clases con nuestras cabezas tan dispersas.

No dejé a Mikaela sola en ningún momento, o más bien, ella no quiso dejarme solo a mí. Ese Idiota era uno de mis allegados, no me había apegado mucho a él, pero su muerte me había afectado de igual forma. No lloré, como la mayoría de los hipócritas, pero no estaba muy animado que digamos. Mikaela siempre era comprensiva y amable, también una compañía bastante agradable a decir verdad. Se aferró a mi brazo con calidez, mientras encontrábamos las fuerzas para hablar.
Nadie se había fijado en nosotros, estar con Mikaela ahora era una especie de capa de invisibilidad.

Logramos sumirnos en temas de conversación banales, mientras llegábamos al parque de nuestro barrio. El instituto no estaba demasiado lejos de los apartamentos, todo estaba muy cerca, de modo que resultaba casi imposible guardar secretos y ese parque era el único lugar privado al que podíamos llegar.

Nos sentamos en uno de los bancos helados por el frío invernal. Mikaela estaba extraña, aunque no parecía triste por el Idiota muerto. Le acaricie la mejilla inconscientemente.

― ¿Qué tienes? ―susurré.

Sonrió en respuesta.

―No me siento muy bien, Ian. ―confesó― Pero no es nada de qué preocuparse.

― ¿De verdad? ―murmuré con los ojos entornados. Asintió― Escucha, Kay, si existe algo en lo que pueda ayudarte…lo que sea. Sólo dímelo. Tú me has ayudado mucho…

La Bella Mikaela se quedó pensativa unos instantes. Su rostro se deformó en tristeza y ahogó un sollozo en un suspiro. Todo eso pasó tan rápido que no pude identificar los sentimientos que acudieron a su semblante.

―Entonces, desde ahora me apoyaré en ti…―susurró muy bajo, muy sonriente. Luego puso los ojos como platos, como si se hubiese recordado de algo― Por cierto…―titubeó― Tengo entendido que te gusta leer el manga japonés ¿cierto?

Suspiré.

―Los chismes en este lugar corren muy rápido…pero en fin, es verdad.

― ¿Has leído Tomie? ―fruncí el ceño negando con la cabeza. ―Es algo arcaico…―se apresuró en explicar― Pero muy interesante, trata sobre una mujer demonio que enloquece a los hombres y estos terminan matándose por su causa…es en realidad un demonio que sólo puede ser visible a través de fotografías…



Ahora me recrimino lo imbécil que fui ese día, recuerdo haberme puesto a buscar esa misma noche y a leer todo lo que podía sin establecer las conexiones adecuadas. Mikaela me había pedido ayuda con desesperación, pero yo me había negado a entender…Como con la muerte de aquel amigo, mi mente apartó toda conjunción problemática hacia mi “pacífica” vida. No entraré en detalles de mi vida ahora, ya que como he dicho antes esta historia no es mía sino de Mikaela…

…Quien, a diferencia de mí, tuvo una noche completamente distinta. Buscó cada foto suya de los alrededores y fue cortándola en miles de pedazos pequeños, aprovechó la ausencia de sus padres para quemar por completo cada fotografía, eliminó las de la computadora…, por último, tomó el espejo de su habitación y lo lanzó por la ventana.

Para ella, eso había sido suficiente. Era ahora su responsabilidad alejarse de todo. Pero, desafortunadamente, el tiempo pasa demasiado rápido, y ese día era el segundo mes desde que su muerte interna había comenzado.


Sus padres llegaron en la noche con unas sonrisas destellantes, habían comprado algo nuevo, un regalo especial para su pequeña adolescente: una netbook y un montón de libros que aún no habían llegado a nuestra ciudad. Ella recibió todo con alegría y lágrimas en los ojos, pero la bella Mikaela sintió desfallecer en tanto sus padres sacaban la cámara fotográfica…

Esta vez, Mikaela no esperó, sólo le arrancó la cámara a su padre y proclamó con voz firme “Nada de fotografías”. Como es natural, el rostro de sus padres se ensombreció y el momento de felicidad se sumió en oscuridad. Sus padres se marcharon de su habitación bastante molestos.

Mikaela se quedó sola, destrozada y compungida, se tapó los oídos por instinto.

―Cállense― murmuró― Cállense, por favor, por favor…no…no quiero hacerles daño…no a ellos…no…

Las luces de su habitación titilaron y una sombra se acomodó en su cama, deslizándose por sus piernas desnudas y ascendiendo por su torso cubierto sólo por una camiseta, la cual comenzó a rasgarse con lentitud, primero atacaron la tela, luego su piel se abrió despacio.

Mikaela saltó de la cama y fue a dar al suelo de la alfombra en un tropiezo leve, su pómulo se quemó por el golpe. Se arrastró por el suelo, levantándose pesadamente en tanto sus piernas eran desgarradas por uñas invisibles. La luz de su habitación no dejaba de titilar, sus lámparas se encendían y apagaban constantemente en tanto sus cuadros y objetos colgantes se movían de un lado a otro. En un instante, todo se detuvo y el cuarto se sumió en la oscuridad.

Ella se quedó allí, de pie, completamente inmóvil mientras su sangre se derramaba en la oscuridad. Su puerta estaba cerrada, así que su padre habló tras ella sin necesidad de abrir.

―Hija…lamentamos lo ocurrido, debimos mostrarnos comprensivos…―murmuró. A Mikaela se le escapó un sollozo― Escucha… acabamos de recibir una llamada y tenemos que irnos inmediatamente ¿Estás bien sola?

Mikaela cerró los ojos y aclaró la garganta.

―Sí, papá, también lo siento. No se preocupen…estaré bien, ahora no puedo salir pero…―sollozó inevitablemente― Los abrazaré cuando lleguen.

―Entendemos―dijeron su padre y su madre al mismo tiempo―Te queremos, Hija.

―También los quiero…―dijo. Sus rodillas flaquearon y cayó en el suelo con un golpe seco mientras susurraba muy bajo: ― También los quiero, también los quiero…también los quiero…

En cuanto la puerta de la entrada se cerró, anunciando la partida de sus padres. El cuarto de Mikaela se iluminó de nuevo, las cosas comenzaron a moverse otra vez y los ruidos se apoderaron de la casa.

Mikaela se levantó furiosa y sangrante.

― ¡BASTA! ―gritó― ¡BASTA, YA! ¡HE TENIDO SUFICIENTE!

Las cosas se detuvieron momentáneamente, para que una risa retumbara a su alrededor.

― ¡CALLATE! ¡MUESTRATE, DEMONIOS! ¡¿DÓNDE MIERDA ESTÁS?! ―estalló mirando a los lados― TOCAS A MIS PADRES Y LO JURO TE VOY…

La risa estalló con mayor intensidad, burlonamente.

Mikaela observó la estancia girando la cabeza hacia los lados, hasta que detalló su reflejo en la pantalla del televisor.

―Entiendo…―murmuró.

Abrió la puerta del cuarto de un tirón y salió al baño, una vez dentro, se miró en el espejo con rabia.

― ¡¿POR QUÉ DEMONIOS NO TE MUESTRAS?! ¡DEJAME EN PAZ! ¡VETE! ¡DEJAME EN PAZ! ―gritó con desesperación.

Sus esfuerzos eran inútiles, su reflejo sólo imitaba sus acciones exactas. Su desespero la llevó a golpear el lavamanos con fuerza, su piel se rompió al instante y la risa inició con su burla, nuevamente. Mikaela miró el espejo con una ceja alzada y se acercó a él.

― Ah, con que así es tu juego ¿No?

Mikaela salió del baño regresó corriendo con una cámara fotográfica en sus manos, comenzó a tomar fotografías una y otra vez a su reflejo.

― Muéstrate, muéstrate, muéstrate, MUESTRATE, ¡¡¡¡MUESTRATEE!!!!!

La cámara se apagó en un instante y en su rostro impactó una cachetada. Mikaela cayó al suelo de rodillas, sollozando y gritando mientras lloraba descontroladamente.

― ¡Déjame sola! ―imploró mientras gemía― Déjame, por favor…por favor…

Poco a poco comenzó a deslizar el resto de su cuerpo al suelo, dejó la cámara en la encimera y se arrastró hacia la ducha con sus pequeños shorts y su camisa completamente destrozada dentro. Y abrió el grifo caliente, al salir el agua se acurrucó en el piso de la regadera sin dejar de sollozar, poco a poco, se quedó allí acostada en ese pequeño mar de agua hirviente en posición prenatal. Poco a poco, sus ropas fueron despegándose de su cuerpo mojado, dejándola sola, desnuda y vulnerable cual niño en el vientre de su madre…

En ese instante, sombras oscuras se enrollaban a su alrededor…





Cuando Mikaela llegó al instituto la mañana siguiente, había muerto completamente. Esta vez sí lo supe desde el momento en que la vi, y me la llevé lejos automáticamente. No fuimos al instituto ese día, no la dejé sola en su casa, tampoco me importaba que alguien nos viera. Pero no soportaba el hecho de verla llegar con esa cara tan hinchada y esas mejillas tan rojas. Mikaela hervía de rabia y fiebre.

No es que sea el héroe de la historia, ni mucho menos. Simplemente me encanta preocuparme por ella…y de eso no entraré en detalles.

El hecho es que ese día vi cómo se destrozaba completamente. Con muchísima dificultad hice que se durmiera y llamé con rapidez a sus padres, los míos me buscaron cuando cayó la noche. Hasta ahora, siempre me recrimino el gran error de haberles hecho caso, no debí dejar a Mikaela sola, sin importar el tiempo en que sus padres tardarían en volver.

Esa noche, no dormí para nada pensando en ella.

Pero lo más duro fue enterarme de lo que ocurrió cuando sus padres llegaron. Mikaela había destrozado por completo la casa, todos los cuadros y fotos familiares yacían en el suelo destrozadas. Ella estaba allí, sentada en el suelo, según el testimonio de sus progenitores, con las piernas y las manos llenas de cortes y unas tijeras rotas en cada mano.

Mikaela había enloquecido.


La Bella Mikaela sólo estuvo internada dos semanas la primera vez antes de regresar al instituto, nadie más que yo se acercó a ella, nadie más que yo la acompañaba. Poco a poco, nos ignoraban a los dos, pero eso no me importaba en lo absoluto, era incapaz de dejarla sola por más que mis padres me lo advirtieran, por más que todos en nuestro barrio murmuraran cosas sobre ella, por más que Mikaela odiara mi compañía.

Sí, Mikaela odiaba el hecho de que yo nunca la había abandonado, y eso era comprensible, ya que ella me pidió ayuda desesperadamente y yo no le había entendido. El mensaje que me había dado era muy claro, y yo no había querido prestarle atención. Fue mi error y mi error llevó a que unos imbéciles se acercaran a nosotros tomándonos fotografías y proclamando encontrar a la “parejita del año”.

Ella reaccionó con más rapidez. Me ignoró por completo y derribó, en menos de dos segundos, a ambos muchachos. A pesar de que la doblaran en tamaño y que su  fuerza fuera el triple, Mikaela fue capaz de lanzarlos al suelo y romperles las cámaras en pedazos. Cuando ella comenzó a patearlos tuve que intervenir, recuerdo cómo su cuerpo se retorcía bajo mi agarre, pero eso no me impresionó tanto como los enfermeros y policías que aparecieron a los minutos. 

Los enfermeros me la arrancaron de los brazos, ella siguió retorciéndose hasta que le colocaron la camisa de fuerza con rapidez y habilidad. Un policía apareció frente a ella en tanto los enfermeros forcejeaban apresándola, exclamando con autoridad:

―Mikaela Clarixa Elder Jackson, se le acusa de acoso y provocación, en el caso de suicidio del joven Michael Jefferson. ¿Cómo se declara?

Ni yo mismo pude reconocer la risa sofocada de Mikaela. Su flequillo le había cubierto los ojos y su sonrisa era terrorífica.

―Culpable, maldito imbécil, me declaro culpable― rugió, estalló en pesadas carcajadas a los segundos― ¿Extrañas a tu hijo, Mickey? ― se burló.

―Maldita loca―rugió el policía― ¡¿Qué demonios te hizo él para que lo orillaras a hacer un acto tan cruel consigo mismo?! ―sollozó― Sólo te tomó una fotografía, demonios…

El rostro de Mikaela se enserió y se ladeó completamente.

―Dime…―susurró― cuando tomas una foto tuya en el espejo ¿Ves lo mismo que yo veo en las mías?

Sonrió repentinamente y echó la cabeza hacia atrás exhalando una profana carcajada.

Esa risa siguió resonando en mi cabeza, incluso después de que se la llevaran. La recuerdo con tal claridad que incluso ahora se me escalofría la piel de tan sólo pensar en ella, no puedo precisar su expresión, sólo la horrorosa risa. Ahora la imagino con los ojos desorbitados y la boca tan abierta que sus mandíbulas amenazarían con desprenderse, pero no estaría siendo totalmente sincero, ni exacto,  en su descripción

Esa noche, mis padres me castigaron. Nadie del barrio concebía el hecho de que yo estuviese relacionado de ninguna forma con la Maniaca Asesina Mikaela Elder. Los rumores llegaron a oídos de todos, murmuraban cosas tan absurdas que ni siquiera yo podría imaginarlo; decían que Mikaela era una esquizofrénica, que por las noches la veían deambulando de un lado para el otro buscando gente a la cual acosar y asesinar. La culparon verbalmente de tantas muertes que sin duda podrían atribuirse a la calaña de Erzebeth Báthory. Pero claro, ninguna de ellas fue nombrada en su juicio.

Tras declararse culpable, Mikaela fue trasladada a un hospital psiquiátrico a miles de quilómetros de nuestra ciudad. Yo era incapaz de salir de la casa sin el acoso constante de mis padres hasta que se llevaron a Mikaela, por esos tiempos, me dedicaba a buscarla entre las sombras de la noche, analizando sus palabras con pesadez. Estaba negado a quedarme tranquilo con ella tan lejos…

Cuando, unas cuantas semanas después de que se fuera, todo encajó por fin.

Sus palabras “…Cuando tomas una foto tuya en el espejo ¿Ves lo mismo que yo en las mías?”, añadiéndolo a su sugerencia de leer un manga sobre una mujer realmente aterradora, ahora tenían sentido. Mis días de encierro me habían permitido quitarme la venda de los ojos, y cuando obtuve mi tan ansiada libertad, lo primero que hice fue colarme en la habitación de Mikaela. No fue nada difícil, sólo rompí una de las ventanas y entré como si nada aprovechando la ausencia de sus padres.

Comencé a buscar desesperadamente, habría de encontrar algo, lo que fuera, que me diera la oportunidad de ayudarla de cualquier forma. Al abrir el armario, un sentimiento de terror se apoderó de mí, la cantidad de estatuillas de santos, velas y rosarios agrupados justo bajo su ropa era demasiada, todos formaban un círculo muy pequeño en las profundidades del closet, un círculo en el que sólo es capaz de caber una persona arrodillada.

Imaginé a Mikaela en ese pequeño círculo, acurrucada sobre sí misma rezando. Me agaché en ese lugar, pensando en quién era Mikaela realmente, cuando un pequeño agujero en la pared llamó mi atención. Metí la mano con decisión y saqué un pequeño libro, no era nada pesado, y al moverlo sonó como si miles de objetos rodaran en su interior. El libro parecía antiguo y estaba bajo llave.

Cuando llegué a casa examiné el  “juguete”. La verdad, quería buscar una excusa para ver a Mikaela, y abrir ese libro era el impulso que necesitaba. No importaba si tenía que regresar de nuevo por la llave. Así que esa misma noche cogí gran parte de mis ahorros y me escapé de la ciudad a recuperar a la chica que más me odiaba en el mundo. 

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