6 oct. 2012

Utopía Mortuoria


Utopía Mortuoria


El sonido de sus tacones prominentes avanzando por el pasillo era mayor que el danzar de los lápices sobre las hojas, el silencio era sepulcral. Cada uno tenía una leve sensación de lo que ocurriría, nadie miraba a nadie, no había risillas acostumbradas o conversaciones leves. Solo se escuchaba el venir de sus pasos...

Se había tardado en llegar, aunque esa fuese una de las señales acostumbradas, jamás pensaría que en verdad estuviese ocurriendo...Como siempre, incómoda ante sucesos como los que ocurrirían, mis manos sudaban inevitablemente, el papel tenía leves tachones y gotitas esparcidas. ¿Si lloraba? No lo sabía. Solo esperaba, observando mi mano moverse sobre el papel.

Los pasos se acercaban, su ritmo era constante, armonioso, como si fueran parte de una canción macabra "toc toc toc toc". Algunas personas comenzaban a tragar en seco, otras se aferraban a sus lápices como si de un pilar se tratase, como si ese pequeño objeto amarillo fuese a protegerlos de lo que, se suponía, había sido decidido por el destino.

Toc toc toc toc

Cerré los ojos, incapaz de observar su silueta deslizarse por la opaca ventana del salón, tampoco pude ver la expresión del profesor, aunque de seguro, estaría aparentando tranquilidad.

Toc toc toc toc

Aspiré profundamente y abrí los ojos para alzar la mirada. Aquél podría ser mi final...y quería estar consciente de ello al menos.

Los pasos se detuvieron.

La puerta corrediza hizo un estruendo ensordecedor al abrirse y estrellarse con la pared.

Entonces entró.

Sus ojos ocultos por unas oscuras gafas de sol, el cuello tenso, la espalda recta y un bolso firmemente agarrado en el hombro y sujetado por la mano izquierda, las botas de tacón alto desviaban la atención del arma que sostenía en su mano derecha, o al menos eso quise creer.

Alzó el brazo si decir nada y disparó.

El cráneo del profesor explotó al instante, el sonido del cañón tardó unos segundos en escucharse, el sonido de los huesos rompiéndose le tomó ventaja. Cuando aquél profesional cayó al suelo sin vida dejó atrás una gran estela sangrienta, el olor a carne quemada se pegó de mi nariz.


La vi a ella, entonces, expectante. Alzó el arma nuevamente, esta vez, temblaba de forma incesante. Observé el cañón trémulo justo en mi dirección, mas todo aquello fue una macabra ilusión, una vez que ella apretó el gatillo y la pequeña bala salió propulsada, esta atravesó al último chico de la fila de atrás, escuché un quejido involuntario, a mi suponer, no le había dado en el cráneo.

Ella empezó a gritar soltó el arma y se sostuvo la cabeza entre las manos, y comenzó a sacudirse y contorsionarse mientras vociferaba incongruencias. Sus movimientos espasmódicos provocaron que los lentes volaran lejos de su cabeza, sus ojos inyectados en sangre se asomaron. Al impactar con la luz, estos se consumieron y se convirtieron en sangre, su nariz pareció explotar desde adentro y de su boca sobresalieron espesos hilos color rojo. Gritó una vez más antes de lanzarse al suelo y finalmente encontrarse con la muerte. El fin de otra infectada.

Los paramédicos y profesores restantes llegaron en seguida, recogiendo los restos del profesor y del chico en bolsas de plástico, ya estos habían comenzado a consumirse rápidamente dado el gas podrido que generaba el aire acondicionado, una increíble invención para una humanidad que había perdido la esperanza en la vida misma, resignada a la muerte terrible. 

No salimos del salón nadie gritó, nadie lloró. Solo eran tres cuerpos mas que se habían perdido en aquella ocasión, no era una pérdida tan lamentable.

Desafortunadamente, aquellas muertes me habían afectado más de lo que pudiera admitir. Ella había sido mi amiga desde el primer día en la facultad, y aquél chico y el joven, muy joven, profesor se habían unido a nosotras en nuestro excesivamente pequeño círculo hacia ya dos años y medio...

A pesar de ello, sabía que en este mundo, encariñarse con tus semejantes podría considerarse incluso un crimen internacional. Y no estaba exagerando ni siquiera un poco. Los pocos mandamases que quedaban, habían ordenado incinerar todo cuerpo que se encontrara en las calles, infectado o no, así mismo aquellos que morían en sus casas....después de todo, los fallecimientos diarios eran casi inevitables.

Mi mente comenzó a retroceder unos cuantos años en tanto el nuevo profesor esta vez con unas canas difícilmente visibles en su cabeza liderada por la calvicie y manchas de vejez, se presentaba.

Comencé a recordar cuándo había comenzado todo, cómo se escucharon infinitos suicidios en las zonas de clase baja que muchos ignoraron. Tenía ocho años cuando vi al presidente suicidarse frente a las cámaras de televisión en vivo. Muchos niños se quedaron mudos unas semanas ante aquella impresión. Aun así nadie admitía que algo extraño sucedía hasta que los suicidios comenzaron a propagarse, se hicieron públicas las muertes de unos cuantos políticos, luego siguieron científicos de alto reconocimiento, doctores, profesores....poco después, dígase un año o así, el mundo hizo amanes de declarar la guerra contra él mismo. 
Pero de nada sirvió, los mejores lideres habían muerto, el pánico reinaba en cada hogar....todo era un desastre.

Una vez que se dieron cuenta del factor importante en los suicidas (sus ojos se enrojecían y se llenaban de sangre hasta explotar) y que muchos se quitaban la vida antes de ello. Exploraron la posibilidad de una especie de epidemia, un virus raro,  un microorganismo o una bacteria. Mas no encontraron nada, ni un factor congénito, ni una infección, un microorganismo extraño en los cuerpos...nada. Solo observaban cómo aquél ser moría y, a menudo, se llevan dos o tres personas con él.

el mundo entonces comenzó a venirse abajo progresivamente, las persona perdieron la vida en sus pupilas, no había mas llanto o desesperación, no había nada...ni un hálito de esperanza reflejada en los rostros de los más valientes. Todos temían, incluso aquellos que intentaban acabar con todo temían que su propia perdición los guiara a un mundo peor que este. Mi padre tuvo el cañón en la boca un par de veces, mas el mismo miedo se lo impidió...

Con el tiempo, los hospitales, las escuelas, los centros de alimentación dejaron de funcionar, ya no había crímenes, ni noticias, ni política, los habitantes de todo el mundo se limitaban a caminar por las calles, tomar hojas o frutas de los árboles y tragarselas sin siquiera pensar en masticar. Los cadáveres en las calles eran mas frecuentes que las lluvias o las enfermedades, ya muchos niños estabamos acostumbrados a la pudredumbre de los cuerpos en descomposición y de ver a los cuervos y buitres arrancar partes de sus cuerpos inertes y engullirlas con rapidez...

Todo eso había ocurrido en tan solo tres años y medio. Cuando, una semana antes de mi cumpleaños numero doce, una señal hizo vibrar los televisores de todo el mundo, una nueva corriente electrica encenció la luz de las ciudades. Tanta iluminación parecía traída de otro planeta en aquella Tierra tragada por la muerte...

La voz de aquél terrpicola con esperanzas se escuchó en todo el mundo, sus frases eran repetidas en tantos idiomas como fuesen posibles en cualquier medio de comunicación. Aquél hombre pedía un llamado al progreso, al avance, a aceptar todo y seguir adelante, un llamado a la consciencia, a la esperanza:

"Por años hemos vivido a pesar de los percances, las guerras han traido consigo paz y esta guerra contra las responsabilidades ha de llegar a su fin. El futuro somos nosotros, sin importar cuanto tiempo nos quede, asi sea tanto como una semana o tres dias...en conjunto generaremos un cambio. Si esto es una epidemia o no, nadie lo sabe, pero es seguro que los que seguimos con vida...podremos sobreponernos a eso, cada persona que ha muerto ha hecho algo para sobrellevar a la humanidad. No podemos dejar que su recuerdo quede en el olvido, dejarnos morir no es una opción para los que quedamos. Yo aun tengo esperanzas... ¿Por qué ustedes no?"

Aquél hombre estaba cubierto por telas de los colores del arcoiris, su voz era manipulada por una máquina...nadie podria identificarlo de ninguna forma ni ofrecer una pista de una raza en particular. Pero si había algo que todos recordaríamos de él...sus ojos azules inyectados en sangre.

Luego de aquello, las personas comenzaron a desarrollar su vida como antes de que el desastre sucediera mi madre se levantó a la mañana siguiente, buscó frutos dispersos en  los árboles cuyas hojas habían sido devoradas por la mayoría de los niños hambrientos, incluyéndome, y preparó un desayuno digno de los días antiguos. Así como mi madre, muchas personas reconstruyeron su vida, iniciando en sus trabajos progresivamente, la señal de televisión se recompuso en al menos una semana, los políticos comenzaron campañas para la renovación de distintas ciudades…

Poco a poco, el mundo se renovó en una nueva cultura, el apocalipsis pasivo se había tornado al recuerdo y la nueva era había sido iniciada con una enfermedad poco común a la que todos debían acostumbrarse.
La costumbre, entonces, pasó a ser el génesis de todas las emociones del ser humano. Nadie podría desarrollar un sentimiento más fuerte que la simpatía por nadie, el afecto era ahora el llamado cáncer de la sociedad, todo quien lo desarrollaba estaba expuesto a la decepción y a la muerte; para nosotros, ya no había enfermedades graves, ya que con la renovación científicos poco conocidos se colocaron dentro de los primeros eslabones inventivos,  y una vez que sus curas y antídotos se pusieron en marcha, murieron dejando atrás un creciente conocimiento.
En esta nueva era, le damos más valor al recuerdo que al ahora. El presente, para nosotros es sólo una falacia, una mentira cosida con hilos delgados.

Sin embargo, ahora yo había olvidado las enseñanzas del nuevo mundo. Me había encariñado con esos tres individuos que ahora se deshacían en bolsas de plástico y partes de sus cuerpos aún permanecían en el aire como el polvo en una casa vieja.
Había olvidado la gran lección de este mundo: “Aquél que marca la diferencia: muere”.

Una parte de mi lo sabía, sabía que ellos eran especiales, el brillo en su mirada, la fortaleza de sus actitudes y esperanzas eran prueba de ello. Mas yo pensaba que eran como yo, solo una superviviente más, alguien que no se había permitido morir durante la época de hambruna y a quien la locura no consumió en cuanto todo a su alrededor se vio en desgracia. Pero no era así.
Ellos conservaban en la mente la aspiración a un progreso seguro, a un futuro diferente en donde la gente no tuviese miedo de salir adelante, ellos mismos   habían decidido exclamar en voz alta los tabúes del “te quiero” o  de la “amistad”, la soledad y la independencia reglamentadas no eran parte de su vocabulario.
Habían pasado sólo unos segundos y ya los extrañaba.
El tiempo en el salón se volvió solo un segundo. No podía prestarle atención a nada luego de lo sucedido, caminé cual autómata hacia la salida del instituto. Nadie se preocupaba por mí, era más seguro estar lejos de los taciturnos. Observé los lugares donde solíamos reunirnos, donde nuestras risas resultaban un sonido extraño para los que escuchaban, donde la gente nos miraba y negaba con la cabeza…donde éramos tan felices que nadie nos comprendía.

Examiné en mis recuerdos cómo había presentido lo que le pasaba a ella, cómo su ánimo fue decayendo, parecía enferma, pero se esforzaba en mantener la sonrisa en su rostro. Ella sabía lo que sucedía. Unos días después, ocultaba sus ojos bajo grandes gafas de sol, el chico, el profesor y yo…simplemente lo sabíamos. Sabíamos que tanto ella como nosotros teníamos los días contados.
Pero jamás lo aceptaríamos.
Me detuve en el parque donde habíamos hablado el día anterior, donde comentábamos de la esperanza y donde ella se comprometía débilmente a luchar contra aquello que la envenenaba. Me senté en la banca donde la habíamos abrazado, otorgándole una desesperanzada confianza.
Allí me derrumbé.
Me abracé a mi misma y comencé a llorar desconsolada. “¿Por qué no me había llevado con ellos? ¿Por qué demonios me había dejado atrás? ¿A caso no valía la pena llevarme a ese lugar con todos…con mis tres queridos amigos?”
Los días siguientes, estuve llegando siempre al mismo lugar, al mismo banco en la plaza donde habíamos estado juntos por última vez, y cada vez que me sentaba, lloraba hasta que mis lágrimas se secaran y mis ojos comenzaran a arder, cada lágrima derramada era para mí un recuerdo doloroso: Jamás encontraría personas como ellos.
En este nuevo mundo, nadie se preocupaba por aquél que estaba a su lado por temor al afecto, al cáncer del cariño… por lo que nadie se acercaba a mi a preguntarme la razón de mi desdicha, ni siquiera mis padres.

El día número diez, todo cambió para mí.
Hacía ya tres  días que no lloraba, sólo me sentaba y apreciaba sus recuerdos calmada y felizmente. Ya no quedaban lágrimas de nostalgia, poco a poco, había logrado aceptar su muerte.
Miré al cielo por primera vez hacía días, el día estaba hermoso, las nubes escondían levemente al sol, que brillaba son ánimos de molestar a nadie, era un cielo amable el de aquél día. Aquél era un día de esperanza, aquél era el día de mi muerte…

A lo lejos, en una construcción, una grúa se balanceaba peligrosamente hacia todas las direcciones, una falla en la maquinaria era peligrosa en todos los sentidos, pero no habría de qué preocuparse mientras la situación se  mantuviera lejos de los transeúntes y de los constructores. Nadie en absoluto se preocupaba por lo que ocurría, era cuestión de rutina después de todo, sólo debían colocar la máquina embravecida en un lugar seguro y esperar a que la batería y la gasolina se agotasen para repararla… después de todo, en este mundo nuevo, las máquinas comenzaron a operarse a distancia.
No contaban con que la grúa golpeara fuertemente una de los tubos que irían a formar parte de las paredes de aquél nuevo complejo comercial, y que este saliera propulsado hasta el parque de la plaza, donde sólo me encontraba yo…
Sentada en el banco de siempre, justo en la trayectoria de aquél tubo giratorio, que se giró de forma imposible y atravesó mi cuerpo sin piedad.


Recuerdo mis últimos momentos con extrema claridad, cómo aquella sombra negra se acercaba a mí con rapidez y me nublaba la vista. Recuerdo cómo me destrozó la mandíbula y el dolor que provocó cuando mis costillas se volvieron simples astillas, el shock me permitió estar con vida unos cuantos segundos en tanto el dolor terrible se apoderaba de mi cuerpo…fueron esos segundos en los que me percaté que yo misma había asegurado mi muerte, que ya había notado las fallas en esa grúa a lo lejos y que había calculado el lugar exacto en donde podrían caer los objetos que lanzaría…fueron en esos segundos en que me di cuenta que me había suicidado.

El dolor nuevo me llevó a abrir los ojos.
No había nada más que una gigantesca luz blanca sobre ellos. No podía ver nada, la muerte había sacudido mi ser entero y ahora me arrastraba con ella, pensaba que quizá mis amigos podrían estar conmigo, o esperándome en el lugar, sea cual fuese, al que me dirigía.
Un suspiro hizo eco en mi soledad, me hizo pensar en una extraña sonrisa.
“Bienvenida, querida, te habías tardado”
Una voz de mujer… ¿Era la Muerte, acaso?
“Tardado…” susurré. Mi voz no alcanzaba a identificar mis emociones.
Una mano cálida me acunó la mejilla y me obligó a alzar el cuerpo, sentía que flotaba en el aire, mis  brazos y piernas eran como espumas carentes de solidez, el resto de mi cuerpo parecía haber desaparecido, aquello se sentía tan bien…
Volteé en dirección a la mano y a la voz.
Aquella era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, la delicadeza de su belleza superaba con creces a la de cualquier modelo y su sonrisa amable era tan radiante como su presencia. Sin embargo, la humanidad dentro de aquellos rasgos parecía haberse evaporado, no era normal, su piel era traslúcida,  clara, pero sin llegar al tono blanco de sus ropas, como un intermedio entre una rubia cualquiera. Su cabello parecía entretejido de oro y plata, al igual que las pecas diversas que inundaban sus mejillas…
Ella se inclinó hacia mí y apoyó suavemente sus labios contra los míos. Mi corazón revivió al instante al igual que el resto de mi cuerpo, sentí las articulaciones todo aparecía de nuevo. Un viento helado se ciñó sobre mí, la mujer que me besaba estaba cambiando, sus cabellos se tiñeron de un castaño opaco y sus facciones cambiaron por completo a las de un chico…igual de hermosas y carentes de humanidad.
“Habría jurado que no eras de ese tipo” dijo el chico, su voz fue potente y dulce, grave y amable. Una voz extraña y ensoñadora. Tal como su belleza y su sonrisa. “Bienvenida otra vez…seré tu escolta oficial en Utopía. Un gusto en conocerte Suzanne, mi nombre es  Viktor…”
“Viktor…” murmuré. “ ¿Qué?... ¿Utopía?”
La sonrisa en sus labios se amplió.
“Ven conmigo…has actuado con mayor tranquilidad que la acostumbrada”
Me extendió su mano, yo no recordaba cómo utilizar mis piernas, ni siquiera sabía si estaba sentada o no. Mi cuerpo no era el mismo, aunque la espuma se había solidificado por completo, aquello era totalmente extraño… Encontré mi mano y la coloqué sobre la suya.
Su calidez me hacía dar   escalofríos, pero mi piel se erizó por completo al tocar el suelo helado con los pies. Viktor me rodeó con un brazo para ayudarme a incorporarme y me dejó unos segundos para pensar y caminar con tranquilidad. No estaba muy segura de lo que sucedía, pero sabía que si aquello era el final de todo, lo mejor sería dejarse llevar.
Me tomó bastante tiempo darme cuenta que estaba desnuda.
Viktor me rodeó condescendientemente con una especie de sábana nácar al  ver mi incomodidad. Ignoraba de dónde la había sacado, no tenía energías para preguntar, estaba demasiado confundida como para hacerlo.
“Creo que ya tienes la mente lo suficientemente clara como para asimilar una explicación ¿Cierto?” dijo en cuanto me vio observar la estancia a profundidad.
En aquél lugar no había paredes, tampoco una cama o una mesa donde yo pudiese haber estado recostada momentos antes…el vacío rodeaba todo, y el blanco de la estancia se fundía con el blanco de las ropas de mi acompañante. Observé sus ojos con detenimiento, no eran; ni por asomo, ojos humanos. Sus pupilas eran sólo dos diminutas líneas negras y el resto de aquella cuenca era de un color verde azulado, sin embargo, el detalle era tan minúsculo que con dificultad era opacado por su belleza.
Asentí antes su mirada neutra y calmada.
“Acompáñame…las cosas saldrán mejor cuando veas todo por ti misma”
La habitación pareció romperse ante mí en miles de cuadrados, y rayos de luz, como si alguien hubiese corrompido el mundo en tres dimensiones, y lo utilizara a su antojo…poco a poco, tras la luz apareció una ciudad gigantesca…como aquella que todos imaginamos en un futuro. Pero incluso más pulcra y bella…una completa Utopía.
“Este es nuestro mundo…nuestra Utopía, como ustedes la llaman” murmuró.
“Es hermoso…realmente hermoso…” fue lo único que pude pronunciar.
Detallé cada edificio color marfil cada árbol extendido entre las paredes, cada ser diminuto que se trasladaba a través de las pulcras calles. No me sorprendí de los autos voladores, aquello era parte de la magia que Hollywood había construido para el deleite de la  humanidad, y ahora se extendía frente a mis ojos. La suave vejez novedosa de la infraestructura me hacía sentir la piel de gallina, parecía una combinación de la elegancia de Paris con la tecnología de la era de las máquinas, aquello era como…no sabría decirlo, no existían palabras para describir la belleza del lugar y sólo me permitía observar un trozo de éste.
Viktor carraspeó. Al devolverle la mirada, descubrí desolación en sus facciones.
“Nuestra Utopía…”prosiguió “Que hemos logrado mantener gracias a ustedes…”Fruncí el ceño y le di la espalda por completo al hermoso mundo que tenía al frente. “ Los de su especie han tenido una habilidad sorprendente a la hora de defenderse, así como en las construcciones e ideales, lo que los ha llevado a destruir de igual forma a su planeta. Pero eso ha sucedido por una razón...” suspiró “Y es que no valoran a aquellos que verdaderamente valen la pena. Nosotros, desde las sombras los hemos estado observando, sabíamos que necesitábamos de su ayuda…muchos seres buscan nuestro paraíso…” aquél hombre dio un paso al frente y extendió una de sus manos hacia la ciudad
”Han intentado quemarla tantas veces…” suspiró. “Por eso necesitábamos protectores que no utilizasen las armas tan… eficientemente. Así que buscábamos a aquellos que, sin importar lo que sucediera…” dejó la frase en el aire y prosiguió como si nada. “Sabíamos que entre ustedes había  esas semillas de esperanza… y aunque logramos establecer contacto, no podíamos traerlos hacia nuestro hogar…hasta que uno de ustedes implantó la idea de depositar genes nuestros en su organismo…” el dolor quebró su expresión. “Por fin lo habíamos logrado…pero el costo para ustedes fue enorme…”
“Los suicidios…todos…todos…” recordé cada muerte y cada tragedia, aquellos días desesperantes, aquella desdicha, el mundo hecho trizas. “ ¿Para su beneficio?”
“Nunca lo quisimos así, pero cuando pretendimos detenernos…nuestro nuevo líder elevó las esperanzas en la humanidad de nuevo, cuando él murió en su mundo, le otorgamos honores en el nuestro. A él y aquellos quienes lo habían ayudado, él ordenó que siguiéramos con nuestro cometido…y es ahora quien dirige todas las operaciones de Utopía…”
“Pero… ¿Por qué?”
Su dolor se transformó en una sonrisa quebrada y me obligó a mirar la ciudad con un movimiento de cabeza.
Ahora, la ciudad se había acercado lo suficiente como para ver que estaba a unos milímetros de sus calles pulcras. Un arco natural de árboles marcaba la entrada y al fondo se observaba una columna de marfil, Viktor tomó mi mano y me guió a través del camino.
“Muchos dicen…”murmuró “Que se enamoraron de esto…pero, la realidad es que…”
Llegamos a un lugar donde las ramas de los árboles y sus troncos se bifurcaban  formando una especie de árbol gigantesco de hojas violetas y sombra deslumbrante. No tuve tiempo de apreciarlo demasiado, ya que mis ojos se dirigieron rápidamente a una sección de las raíces, parecía haber sido arrancada y rasguñada…la sangre que emanaba de aquél lugar me revolvía el estómago. Aquél árbol sangraba, aquél árbol padecía, sufría…pero su silencio era inquebrantable.
“Esta es nuestra vida…”susurró Viktor y me soltó para arremangarse la camisa. Una herida exacta a la de la raíz se había formado en su brazo “y muchos la desean robar”
El dolor me embriagó por completo, ahora entendía. En ese momento, la agonía de muchos habría de escucharse dentro de la profundidad de aquél mágico lugar…todos sufrían en silencio sin poder hacer nada…no habían podido hacer nada…
La sonrisa de Viktor me paralizó. No podía creerlo, no podía creer que una parte de su brazo había desaparecido y aún sonreía para tranquilizarme.
“Vamos…necesitas  ver  a alguien” murmuró colocando su mano en mi mejilla y arrancando las lágrimas que  la recorrían.


Me llevó por aquellas callejuelas preciosas, repletas de niños y adultos tanto humanos como “utópicos” (como nosotros les llamábamos, según Viktor) hasta una especie de complejo residencial, donde todos los humanos nuevos solían desarrollarse (según Viktor).
Aguanté la respiración cuando se detuvo. Sabía a quién vería, sabía con quién me quedaría, sabía todo…pero el nerviosismo…aquél nerviosismo me inundó por completo.
Viktor sonrió nuevamente.
“Al llegar aquí desarrollas una habilidad que tenías escondida dentro de ti…tu trabajo es descubrir cuál y desarrollarla. Ellos ya lo han hecho, y los conoces, no debes preocuparte por nada…”
Me mordí los labios y esperé a que abrieran la puerta color nácar de la habitación sin número que se extendía hacia mí.
La manija giró y no esperaron absolutamente nada. Los tres se abalanzaron sobre mí, ignorando por completo a mi acompañante. Ella, por supuesto, la más pequeña y sabia de los tres, me abrazó por la cintura una vez que los otros se soltaron.
“No te íbamos a dejar atrás…jamás” dijo ella con dulzura.
“Debíamos buscar nuestro propósito antes…no te harán daño” completó el profesor.
“Ellos nos ayudarán a entrenarte…no tienes idea cómo pasa el tiempo aquí” sonrió el chico con malicia.
Mis amigos, mis extraños y hermosos amigos. Traté de no derramar lágrima alguna ante ellos, ni ante sus abrazos y dulces palabras…
Viktor colocó una de sus manos en mi hombro y sonrió.
Ellos lo miraron y asintieron.
“Debes saber algo” dijeron todos al mismo tiempo. Se miraron un segundo, al final fue ella, como siempre, quien tomó la palabra:
“Nosotros…somos una especie de unidad separada. Exceptuándote a ti, al parecer, nosotros tres dependemos unos de otros…no podemos alejarnos o moriremos…”
Puse los ojos como platos, Viktor apretó mi hombro, tranquilizándome.
“Pero eso significa que…tú tienes desarrollado un  poder independiente, que ninguno de los tres puede soportarlo” sonrió ella. “Y averiguaremos cuál es…antes   de que los demonios vuelvan”

Sus últimas palabras hicieron eco en mi mente y en mi corazón.
Nuevamente tendría que adaptarme a un nuevo mundo, pero esta vez, era yo quien nacía en él, no él quien se desarrollaba ante mí. Esta utopía creada a partir de humanos “muertos” era ahora mi nuevo hogar y lucharía por protegerlo, costara lo que costara. Valía la pena el esfuerzo. 

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