9 may. 2012

III: Incomodidad

III: Incomodidad


Verdaderamente, no le encontraba sentido a eso de gruñir en las mañanas o revolcarse huyéndole al Sol. Bastaba sólo con levantarse y ya; el día había empezado y tenía muchas cosas que hacer (como siempre)…Pero esa mañana todo era distinto: estaba agotada.

No quería levantarme, tenía las extremidades muy pesadas y un zumbido aturdidor en los oídos. Sin embargo, el Astro Rey insistía en golpear mi rostro despiadadamente con sus poderosos rayos. Apreté los párpados con fuerza antes de abrir los ojos y sentarme en la cama con un rápido movimiento (presa de la costumbre) pero oculté la cara entre las manos inmediatamente al ver a aquel “muchacho” acurrucado a mis pies.

No lo creía posible, a decir verdad, no creía que NADA de la noche anterior había sido más que un sueño loco y perturbante. Pero la parte racional (¿Acaso he dicho racional?) de mi cabeza me pedía a gritos que dejara de mentirme a mí misma, que todo lo que había pasado era una realidad, y que tenía que afrontarla sin importar lo que pasara.

Aunque, si había enloquecido o no, me iba a tomar siete largos años en averiguarlo. Honestamente, no tenía mucha prisa en obtener una respuesta negativa o... ¿positiva?

Di un escalofrío.

Repentinamente, a mi mente llegaron toda clase de relatos sobre pactos con demonios, las palabras: traición, desdicha, muerte, infortunio e, incluso, perdición; carecían de sentido para mí en esos instantes.  

Aspiré una buena cantidad de aire.

No estoy  loca, lo sé…este Demonio es real. Tiene que serlo…

Me encontré detallando su rostro profundamente dormido en un intento desesperado de apartar mis pensamientos confusos. Este Demonio, físicamente, sería fácil describir: cejas pobladas tan negras como su cabello, largas pestañas, nariz perfilada y finos labios,  la mejilla hundida levemente en su hombro, hacía que el ángulo perfecto de su quijada se difundiera dentro del cuello de su camisa color ónice.  Pero subjetiva y profundamente era difícil su precisión, no estaba segura si su rostro carente de expresión podría reflejar serenidad o desdicha, paz o tormento. No podía describirlo claramente, ya que un halo oscuro se cernía sobre él como si cada poro de su piel exhalase un grito de auxilio preso en un mar de sufrimiento a pesar de la tranquilidad reflejada en su semblante...

Me encogí de hombros. Ese no era mi problema.

Pasé por encima de él jugando con la idea de darle una buena patada “accidental” en el estómago, después de todo, él era el culpable de haberme mantenido con vida. Suspiré. Hacer eso era sólo un desperdicio de energías.

Ese lunes era muy diferente a los habituales: el instituto se había interesado en alguna actividad especial y las clases se habían suspendido. Tenía unos cuantos deberes atrasados, y esa ausencia me sentaba de maravilla, no obstante, estaba demasiado abrumada por la noche anterior como para prestar atención a mis tareas escolares (traducción: desayunaría antes de comenzar).

 Sí, contrario a lo que se pudiese imaginar de una persona como yo (oscura, distraída, despreocupada por la vida de la gente, odiosa…) era una obsesiva en cuanto a los estudios.  Me bajé de la cama sin mucho esfuerzo (saltando por encima del Demonio), dirigiéndome rápidamente al baño.

Sonreí.

Al llegar, me encontré con los cambios casi imperceptibles que había organizado para realizar mi suicidio el día anterior. Tomé el jabón en el suelo y lo coloqué en su lugar, así como el paño levemente inclinado hacia la derecha, la alfombra colocada 1mm lejos de la pared de la bañera y, por último, enrollé el papel higiénico que estaba a 15cm del suelo. Todo era tan exacto que sentía un escalofrío al pasar las manos por cada objeto con lentitud, en fin, ya no podría hacer nada. Me lavé la cara con agua helada para despejarme y volví a la habitación.

Gozaba de una soledad extraña. A decir verdad, había demasiado silencio en la casa a pesar de estar con una sola persona, mi madrastra de hecho (calificativo malinterpretado, sonaba horrible y ella era buena persona). Pero todo cobró sentido en cuanto vi el pequeño papel amarillo brillante en la pantalla del televisor:

Fui a la tienda, el desayuno está en el microondas ¡No olvides calentarlo! Volveré pronto, ¡lo prometo!

Puse los ojos en blanco. Claire podía ser una buena persona, sí. Pero tenía debilidad por perder tiempo en las tiendas, y…por hablar más de lo necesario. Y cuando digo “hablar” no me refiero al parloteo incesante de las viejas chismosas con las que se juntaba normalmente, no, me refería a sus penosos intentos de ponerse “de mi lado” en ocasiones cuando no hacía más que causarme problemas…

Negué con la cabeza varias veces. Nada bueno pasaba cuando me ponía a pensar en ese tipo de cosas, mi mente se iba de las primeras y hacía que mi imaginación  fuera a extremos imposibles. No me di cuenta de que tenía el papel fuertemente apretado en un puño hasta que sentí la presión de las uñas sobre la palma.

Miré el papel arrugado por unos instantes ¿Él había dicho…parte de mis poderes?

~J~

Una sensación extraña recorría mi cuerpo, erizaba mi piel y me hacía contraer los músculos…

Tenía frío.

Pero eso no era posible. Yo no podía tener frío, un ser como yo ¿con frío? Imposible. Ya había olvidado esa sensación con los años, el frío no era un concepto habitual en mí ¿Cuánto había pasado desde que sentí frío de verdad? ¿Cuatrocientos años? ¿Doscientos? No lo recordaba, no podía contar el paso del tiempo con facilidad.

Pero aquello era un hecho innegable: tenía frío. Me estaba congelando y pronto empezaría a tiritar. Fruncí el ceño antes de abrir los ojos, el sol me daba en la cara de forma realmente molesta… espera un momento ¿había sol? ¿Y seguía teniendo frío…? Suspiré. No encontraba sentido a mis sensaciones, pero no era nada difícil habituarme a ellas; después de todo,  parecía que debía atribuirlas al establecimiento del contrato.

No me sentía bien.

Era como si parte de mi energía hubiese muerto en mi interior, odié esa sensación con todo mi ser. No me gustaba, y me molestaba más que fuese esa chiquilla petulante con su horroroso rostro quien causara esa debilidad tan irritante. Aún no había abierto los ojos, dudoso que, al despertar, aquel rostro agobiante fuese lo primero que viera. Sin embargo, ella no estaba en su lugar correspondiente. Suspiré de alivio y repté por las sábanas en busca de la jugosa almohada que parecía llamarme a gritos, dejé que mi cuerpo se estirara sin hacer ruido. Podía dormir un par de horas más con la esperanza de no tener pesadillas.

Estaba agotado.


Aspiré una buena cantidad de aire y suspiré, soñoliento, pero justo cuando pretendía envolver mi cuerpo con la gran colcha de mi Contratista, su risa hizo eco en la habitación a mis espaldas. Dudé en darme la vuelta, no quería ni pensar en lo que esa chiquilla estaría haciendo, quería seguir durmiendo y si me concentraba podría conciliar el sueño fácilmente…Pero creo que la tentación de acabar con esa molesta risa fue mayor.

Giré el cuerpo completo hacia donde se supone ella estaba… ¿Jugando?

¡Agh! ¡¿Qué demo…?¡ ¡SÍ! ¡ESTÁ JUGANDO!,

Sus ojos brillaban con una incandescencia realmente perturbante, a rebosar de una alegría indescriptible, con una luz aún más roja de la que reflejaban mis propios ojos. Reía con mucha energía, mientras el pequeño papel amarillo que sostenía entre las manos se elevaba por los aires, se abría, se cerraba, paseaba por la habitación y se rompía en miles de pedazos que se movían con él. Y todo eso era controlado por la chiquilla juguetona.

― Me estas jodiendo, ¿verdad? ―exclamé en voz alta, incrédulo.

Ella dio un brinco monumental, seguido de una especie de chillido. Los trocitos de papel cayeron al suelo simultáneamente mientras se daba la vuelta.

Procuré disimular la carcajada.

― ¿Olvidaste que sigo aquí, Caithlyn? ― pregunté con una ceja alzada, mientras me apoyaba en los codos para levantar el torso y dedicarle una mirada irónica.

―Ya te dije que me llamaras Kate― siseó. ―Y, no, Jack…desafortunadamente no te he olvidado.

― ¿Desafortunadamente? Pareces pasarla en grande con mis poderes, cariño. ―entornó los ojos― Además, deberías tener más cuidado ¿Qué harán si llegan a verte en ese estado? ―ladeó el rostro y se dirigió al espejo dudosa.

― Dios Santo…―susurró.

Esas dos palabras hicieron que mi cabeza explotara en todos los sentidos, el dolor fue tal que me llevó a contraer las extremidades. No me esperaba eso. Aspiré una buena cantidad de aire para liberarme de la presión.

Noté su mirada en mi rostro, pensé que había colocado cara de póker pero no había sido así. Suspiré, en ese segundo, ella soltó una risita.
―Como digas, Jack, tendré más cuidado. ―suspiró mientras el color de sus ojos se iba degradando a su color natural.

Así me gusta, pensé mientras asentía. Su rostro adquirió una seriedad extraña, su expresión era algo ¿Soberbia? No podía precisarlo, ni tampoco me importaba, las actitudes de esa chiquilla eran un enigma que no me molestaría en aclarar.

Otra vez suspiró una risa y se encogió de hombros.

―Supongo que tenemos las mismas intenciones, Demonio. ― susurró. ― Pero más te vale no estorbarme…

¿Las mismas intenciones? No pretendo ser igual de dictador que tú, señorita, pensé. Eso de decidir qué hacer conmigo desde el primer momento y utilizar mis poderes sin mi consentimiento no se ve nada bien…

― No sabía lo que eso representaba para ti. No me culpes por eso― refunfuñó. La ignoré, seguro hablaba consigo misma…

…Con lo poco que había visto en sus pensamientos, había reconocido situaciones en las que  se hablaba así misma sin molestarse en los demás. De verdad estaba loca, y eso podría beneficiarme de un momento a otro.

―Está bien, admito que no estoy totalmente cuerda. Pero me parece algo descarado por tu parte llamarme dictadora cuando tú pretendes valerte de eso…

La miré, alzando una ceja.

―Tengo una duda, Demonio. ―dijo mientras se acercaba a la litera sin vacilación―  ¿Siempre eres así de distraído o es sólo porque tienes fiebre?

La observé con mayor extrañeza.

― ¿Eh? ― murmuré.

Rió con ganas, mientras decía:

― “¿Qué intentas, chiquilla? Dilo de una vez, estoy demasiado cansado para tus estupideces”

Puse los ojos como platos.

¡Pequeña dictadora de mierda!

― ¡ES INCREÍBLE QUE ME SIGAS INSULTANDO DESPUÉS DE ESTO! ― rugió.

― ¡TÚ ERES LA QUE ESTÁ METIDA EN MI CABEZA, CHIQUILLA! ¡Sal de una puta vez! ―refuté inmediatamente.

― ¡Si querías privacidad entonces no deberías haberme asustado!

― ¡Como si lo hubiese hecho intencionalmente!

― ¡Eso te enseñará a ser más precavido entonces!

― ¡AGGH! ― me sostuve la cabeza con una mano, el dolor se acrecentó con fiereza. La vi sonreír con autosuficiencia― ¡Querías que empeorara! ―constaté― ¡Demonios!

― ¡ja! ― rió maliciosamente― La verdad era que no contaba con esa intensidad, Demonio…pero ese dolor que tienes es interesante.

―Maldita dictadora― farfullé. ― ¿Qué soy tu rata de laboratorio?

―Precisamente―asintió― Si piensas utilizar mi debilidad para tu beneficio, yo también usaré la tuya. No obstante, te devolveré tu privacidad…― sus ojos cambiaron, por unos segundos,  del café al carmesí. ―Porque, a pesar de todo…me considero una persona bastante justa.

― No me jodas― me reí. Puso los ojos en blanco y se dio la vuelta― Espera, Kate, ¡Espera…!― pedí―  ¿Dijiste  fiebre?

― ¿No es eso lo que tienes? ―dijo extrañada. Alzó las cejas al comprender la mía alzada. Rió― Vamos, Demonio, tienes frío, te duele la cabeza y sientes los párpados hirvientes…ah, sí eso lo pude percibir cuando pude leer tus pensamientos… Fantástico ¿Eh? ―se burló mientras salía de la habitación.

Sí, pequeña dictadora, “Fantástico”.

Mi sarcasmo interno no ayudaba a que me sintiera mejor, realmente. Suspiré y me recosté de nuevo en la cama, comprobando mi temperatura con una de las manos. Sí, era un hecho. Era un demonio de más de 700 años con fiebre. Maravilloso.  Cerré los ojos tratando de dormir  al menos un rato, cuando un pensamiento inoportuno llegó a mi mente: ella había podido controlar con facilidad mis poderes, además, pudo leer mis pensamientos cuidadosamente sin llegar a enloquecer. Es decir, había algo más en esa chiquilla, algo extraño, algo especial…quizá, fueran los residuos de…ella.

Bufé, realmente molesto y me ocupé de dormir en lugar de inmiscuirme en asuntos sin importancia. Me había quedado dormido pensando en ellas…craso error.


¿Qué podría esperar? Ella no tendría ganas de verme. La resignación había pasado a ser un sentimiento habitual en mí, después de todo.  

Camino a lo largo del pasillo lleno de hierba, me acerco con cuidado a lo que podría llamar ahora “nuestra” casa. Alzo la vista. Ella está allí.

Sus cabellos se funden con la oscuridad nocturna, ocultando su hermoso rostro parcialmente. Su cuerpo se contrae en movimientos espasmódicos y sordos gimoteos hacen eco en la estancia: está llorando. Sonrío, mientras detallo cómo sus tobillos besan cuidadosamente el pasto bajo sus pies, ¿Cuántas veces le había dicho ya que no lo hiciera?  Trago en seco, me armo de valor y fortaleza para dirigirle la palabra. Ambos valores, escudos que había logrado elaborar a lo largo de los años…

Te he dicho que hay serpientes en este lugar…divago.

Ella se contrae al escuchar mi voz. No había notado mi presencia.

¡Jack! solloza, y alza la mirada.

Toda fuerza escapa de mi al ver sus lágrimas. Corro a abrazarla, la calidez de su cuerpo me embriaga y consuela.

Tengo miedo… susurra.

Estoy aquí…consuelo.

No me dejes…suplica.

No lo haré… afirmo.

...Mentiroso.

…La oscuridad la envuelve.

Mentiroso…

No…

¡Mentiroso!

No es sólo su voz, su sino miles de ecos que proclaman su exclamación: ¡Mentiroso!, dicen con furia. Ella sigue en mis brazos, aferra sus manos a mi pecho, tiene miedo, está asustada. No estamos solos. Las voces nos rodean,

Mis pensamientos se vuelven un torbellino: “nos encontraron, no hay tiempo que perder, nos rodean, se acercan cada vez más. Tenemos que huir, tengo que sacarla, tengo que…”

MentirosogimoteaMentiroso...mentiroso…mentiroso

La ignoro. Tengo que salvarla.

Un extraño olor impregna mi nariz: humo.  Fuego, el fuego…el fuego nos rodea. Nos condenaban, ella moriría. Tengo que escapar con ella, me levanto, pero un dolor inmenso se clava en mi pecho y me detiene.

Mentiroso ruge con voz ronca.

¡Es ella! Sus manos hundidas en mí, como puñales, se sumergen en mi piel con astucia. No son manos, son dagas, dagas alargadas que salen de sus manos en lugar de dedos…No, no son manos…No, no son sus manos…

Esto no es real.

Esto es un sueño…

¡Estaba soñando! ¡Ya podía ser consciente de ello!

Pero, aun así no podía detenerlo ¿Por qué no podía detenerlo? Intenté con todas mis fuerzas sin lograr nada. La mujer frente a mí se alzó y estiró sus brazos, ascendiendo de mi pecho al cuello con su toque mortal, rebanando toda la cantidad de piel que podía a su paso, eran diez gigantescos cuchillos que pretendían romperme en pedazos.

Sentí la sangre correr por mi cuerpo. Bloqueé el dolor, ella jamás tendría mis gritos, no de nuevo, ni siquiera en un sueño. Alzó la vista hacia mí mientras se detenía en su intento de rebanar mi cuello, sus ojos estaban perdidos.

Mentiroso…susurró.

El fuego se acercaba, sentí su calor en mi piel. Las llamas se cerraban a nuestro alrededor. Tenía que acabar rápido.

¿Por qué? pregunté desafiante.

¿Por qué? repitió con voz rota. El fuego comenzó a cernirse sobre ella, su piel se marchitaba como los pétalos de una anciana rosa, contrayéndose, oscureciéndose y cayéndose ¿Preguntas por qué? Sus labios comenzaron a consumirse, dejando ver sus blancos dientes, los retazos chamuscados de su piel que se despegaban iban a parar a mi torso, quemándolo suavemente Pues porque no…moriste conmigo…

La mitad de su cara acabó por desprenderse en su totalidad y cayó en mi piel, su ojo se volvió una especie de jugo que calló sobre mi pecho como la cera de una vela, dejando al descubierto un agujero vacío y sanguinolento, la mitad de su cráneo al descubierto se oscurecía cada vez más. Aquello era maravillosamente asqueroso.

Suéltame exigí. Sacó sus manos de mi cuerpo con un movimiento rápido e impredecible, fue como descorchar una botella, la sangre salió simultáneamente por mi boca y por mi pecho. Colocó sus manos chamuscadas, normales, para mi sorpresa, en mi cuello y comenzó a apretar. ¡Te he dicho que me sueltes! rugí.

Muere conmigo, Jack susurró mientras ladeaba la cabeza en un movimiento anormalmente rápido, haciendo que su cabello y parte de su piel se despegara de un tirón. Su sangre y la mía se fundían. Muere conmigo…apretó aún más mientras acercaba su rostro, en posición por completo horizontal, hacia el mío Muere conmigo…se acercó aún más mientras apretaba Muere conmigo…así, así, así…jadeó Así lo querías…muere, muere...

¡NO!


Jadeaba en cuanto abrí los ojos.

Estaba sentado en la cama, no recordaba cuándo me había despertado, mi cuerpo se movía incontrolablemente. ¿Qué me pasaba?  ¿Acaso estaba temblando? No, eso no era posible, no podía ser…yo, yo ya no tenía ese tipo de miedos. Había algo más, tenía que haberlo.

¿Qué había sido ese sueño? Jamás había soñado algo así, mis pesadillas normalmente…

―Mira que ponerte a gritar como loco y luego levantarte como si nada…

La voz de mi Contratista me hizo poner los ojos en blanco. ¿De verdad esto estaba pasando? En cuanto le dirigí la mirada,  ella estaba en el vano de la puerta con un termo de  agua  en la mano y su desayuno justo al lado sobre una mesa de hospital. En cuanto mis ojos se encontraron con el recipiente, ella lo escondió tras de sí.

― ¿Planeabas despertarme con eso? ― jadeé asombrado.

―La verdad…―suspiró― Voy a ser honesta contigo, pero primero…ten. ― me tendió el pequeño recipiente azul y lo tomé sin vacilación. Sí, tenía muchísima sed.
―Espero no pretendas envenenarme, Contratista, eso no va a funcionar…

Sonrió.

―No lo pensé. ―asintió― Pero ese  no  es el caso sino que... Honestamente, Demonio, acepté el contrato sólo porque jamás pensé que fuera real…

―Te lo repetí mil veces― murmuré, dando un sorbo de agua, se sentía bastante bien a decir verdad.

―Lo sé―admitió― Pero eso no es a lo que quiero llegar. La verdad, es que no pretendo ser contigo como soy con los demás…es decir, no me interesa en lo más mínimo lo que pienses y si te cansas de mí pues…no te culparé. ―se encogió de hombros.

―Me estás diciendo que me tratarás como te plazca. ― constaté.

―Exactamente. Sé que desde ayer lo estoy implementando, pero quería dejar claro que sí tengo algo contra ti y por eso hago lo que hago ¿Bien?

Fruncí el ceño. Por alguna razón esa conversación sonaría mejor si ella dijera totalmente lo contrario o…bueno la verdad no tengo idea de cómo debería sonar o no. Pero, irónicamente, que ella fuera así era incluso un alivio para  mí.  ¿O no? Traté de encajar las piezas de su conversación divagante.

―Dices que me tratarás como te plazca…porque no tengo relación alguna con los que te rodean y porque, además, quieres que rompa el contrato. Pero hay algo más…

―Te odio por no haber dejado que me suicidara. ― aclaró sin inmutarse. Para este momento, ninguno de los dos se miraba a los ojos, ella comía normalmente con la vista pegada al televisor y yo con la mía a la ventana.

―Esa es la razón por la cual me querías tirar el agua encima…

―Y porque gritabas demasiado, podrías agregar. Eres muy molesto.

Callé unos segundos, mientras bebía otro sorbo. ¿Por qué  me había degradado tanto al gritar? ¿De verdad estaba tan débil?

Un presentimiento extraño me hizo girar la vista hacia ella, me estaba observando  con los ojos entornados.

―Eres como yo. ―murmuró. ―  Analizas demasiado cosas sin importancia. 

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